Hodie est

dimarts, 8 d’octubre del 2013

Homer a Historia Menor de Grecia de Pedro Olalla

Χαῖρετε!

Ahir el David va començar la nova sèrie de participacions en el blog. El seu cas va ser atípic, ja que ell ens ha parlat d'una vil·la visitada aquest estiu. La resta de vosaltres ja sabeu que fareu una feina una mica diferent.
Aquest any ens toca conèixer els literats romans i grecs, i per això, us he proposat que en el blog ens parleu d'ells. Però no com ho fa la wikipèdia, sinó des d'un punt de vista més original: intentant posar-nos en la pell de l'autor.

Perquè us serveixi de model i inspiració us publico amb permís del seu autor, Pedro Olalla, el primer capítol del seu meravellós llibre publicat l'any 2012 per Acantilado, 

Gaudiu de la lectura!


COSTAS DE JONIA ORIENTAL, MAR EGEO 
c. 750 ANTES DE CRISTO 

Apoyado en su báculo, un aedo de mediana edad y cuerpo robusto avanza a zancadas sobre las rocas bajo las que se es­conden los cangrejos y los pulpos. El agua que entra y sale de las oquedades acompaña el flujo de sus pensamientos.
El aedo ha repetido ante muchas audiencias las genealo­gías de los antepasados, las proezas de los que fueron a Tro­ya y a la Cólquide, las leyendas de aquel puñado de hombres que en los tiempos antiguos vivieron contiguos a los dioses y que incluso llegaron a disputar con ellos su desti­no. Rasgando la lira o la cítara e improvisando con maestría sonoros hexámetros, ha evocado una y otra vez la aurora de los dedos de rosa, las carnes humeantes sobre los trípo­des de bronce, la mirada distante de los dioses y la ruidosa caída de los guerreros muertos.
Últimamente, el aedo se siente arrastrado por una tenta­ción desconocida. Quiere llevar los mitos y los versos de la larga tradición en la que se ha criado hacia un poema nue­vo: un poema donde lo colosal, lo oculto y lo eterno aparez­can al lado de lo humano, donde la muerte de un enemigo sea narrada con el mismo dolor que la de un aliado, donde se muestre verdaderamente que no hay sobre la tierra nada más miserable y más grandioso que el hombre.
Para lo que se propone, no necesitará-como es cos­tumbre-narrar una campaña de principio a fin. Le bas­tará con unos pocos días anteriores a la toma de Troya, y no será siquiera necesario describir la caída. Él prestará su voz para cantar la cólera de Aquiles, que arrastró al Hades
Las almas de tantos aqueos y troyanos. Si la Musa consiente, hará entender que la fragilidad y la grandeza del hombre van unidas inseparablemente; se esforzará en trazar una imagen del héroe sin perfilar netamente sus rasgos ni señalado nunca de manera inequívoca; dejará percibir sus brillos de excelencia confundidos a menudo con bajeza o con contradicción; y hará sentir que el éxito y el fracaso son en el fondo circunstancias ajenas a su verdadera condición. Aquiles llevará este mensaje, pero también Héctor, y los dioses que los miran luchar, y el caballo que predice la muerte del Pelida.
Ahora, resguardado del sol en una gruta donde huele a salitre y a algas, presiente que el poema que se propo­ne componer está llamado a sustentarse en la escritura en vez de en la memoria, a cambiar la voz de los aedos por la de esos extraños dones con voz y pensamiento que Cad­mo trajo un día a estas tierras. Su creación exige una osa­día, tal vez un sacrilegio: dejar la palabra expuesta al silen­cio de la mirada.
Prudente y reflexivo, el aedo reconsidera nuevamente su propósito. La brisa racheada aventa duras gotas de mar. En los tiempos que vengan, aunque callen la cítara y la lira, aunque desaparezcan las naves y las guerras, su creación no dejará de ser eterna, y los hombres alcanzarán la altura de esos nuevos versos tan sólo el día en que tomen conciencia de la humildad de su naturaleza, en que se sientan seduci­dos por sí mismos hacia el bien, en que se sepan jueces so­litarios de sus actos, en que compadezcan de veras la des­gracia y el sufrimiento ajenos, y en que consigan asumir su destino en vez de soportado. Es dudoso, no obstante, que esto suceda pronto. 
continuarà...